Mi abuela tenía un aparador y un piercing en el ombligo. A mí me gustaba ir a su casa porque me daba dulces ricos y me
contaba historias alucinantes. Nos sentábamos en la mesa camilla y mientras merendaba, ella, con su cara de contar,
me hablaba de aventuras inimaginables. A veces me tenía que ir antes de que terminara y me daba mucha rabia porque
entonces ya no iba a conocer el final, pues ella siempre empezaba con una historia nueva, aunque la anterior no la
hubiera terminado.
Esto solía ocurrir los días normales. Luego estaban los días tristes, cuando mi abuela se acodaba en su aparador y se
quedaba hipnotizada escuchando aquella música. Y los días alegres, cuando se ponía una ropa de lo más moderna, que me
encantaba y se paseaba por la casa con unos zapatos tan altos que daba vértigo, se pintaba los labios y se perfumaba
con lilas. Yo le cogía el frasco para olerlo, me echaba un poquito en las manos y ya no me las quería lavar. Cuando estaba
arreglada salíamos a la calle de la mano y me llevaba a mi casa. Desde la puerta me quedaba mirándola. Me encantaba
sobre todo cuando la calle estaba vacía, sólo ella caminando sobre sus zapatos.
Los días tristes no me gustaban porque se olvidaba de mí. Se quedaba tan callada que no me atrevía a jugar, me ponía a
dibujar en mi cuaderno y no le hablaba para que pudiera pensar. Aunque a lo mejor no pensaba ni nada, estaba triste y
ya está. Cuando ya no aguantaba, le preguntaba cualquier cosa, ella entonces parpadeaba varias veces, respiraba
profundamente y acariciaba el aparador como leyendo en las vetas de la madera. Después se giraba y me sonreía con
los ojos tristes. Siempre era igual.
Una vez, mientras me preparaba la merienda en la cocina me subí a una silla y me apoyé en el aparador como hacía ella.
Los codos en el sitio justo para poner los codos, en lo descolorido, y las manos sujetándome la cara. Cerré los ojos y
esperé a ponerme triste, pero no me dio tiempo, me asusté al oírla reír y casi me caigo de la silla. Pensé que me iba a
regañar porque me había pillado in fraganti, pero sólo me acomodó con la bandeja en el regazo y salió de la sala
sonriendo. Aquel era uno de sus días alegres. En lo que yo tardé en dar cuenta de la merienda, ella ya estaba vestida,
calzada y perfumada, preparada para otra tarde de tango.
Cuando le preguntaba que porqué llevaba un pendiente en el ombligo, ella siempre me respondía, “es un regalo para mi
milonguero preferido”, pero nunca se lo daba, pues yo se lo volvía a ver cada vez.
Un día decidió ser ella misma el regalo y se marchó con él. Debía de saber que ya sólo tendría días alegres, porque
dejó el aparador. Ahora lo tengo yo, para los momentos en los que necesito acodarme en la tristeza.
Ilustración: Cristina Vadillo