Sentada en una silla baja al calor de la lumbre, ensimismada en las figuras que se
dibujaban en las llamas, mientras me balanceaba rítmicamente adelante y atrás con el
único apoyo de las patas delanteras de la silla y mis propios pies, el cansancio y el calor
me hacían cerrar los ojos y mi mente dibujaba otras figuras, otros bailes, la última
milonga, el último bailarín, el aplauso del público, los focos, el glamour.

El ruido de la puerta de la calle me provocó un movimiento incontrolado del cuerpo
haciéndome abrir los ojos, un despertar súbito de ese casi sueño en el que estaba
cayendo. Las imágenes oníricas desaparecieron sin darme tiempo a retenerlas, se habían
esfumado dejándome una agradable sensación que quería revivir.

El fuego seguía con su juego. Volví al balanceo y el cansancio me llevó de nuevo al sopor, y
en el mismo instante en que el sueño se quería apoderar de mí, un brusco desequilibrio
en la silla me trajo a la vigilia, por poco no me caigo de bruces en la lumbre, la búsqueda
del sueño placentero de este modo tenía cierto riesgo, debería despejarme.

Me levanté y me acerqué a la ventana. Apoyada en el alféizar, miré cómo los copos de
nieve revoloteaban brillantes bajo la farola de la esquina. Enseguida empecé a distinguir
mil bailarines danzantes y desde el otro extremo de la pista, el milonguero invitado de
excepción esa noche, me cabeceó, era a mí, no podía haber error, a este lado de la pista
no había nadie más. Respondí con otro cabeceo aceptando la propuesta y avancé
adentrándome en el frío de la noche.

Al empezar la tanda, éramos dos nuevas luciérnagas de nieve, revoloteando alrededor
del farol al ritmo de una alegre milonga. Nos mecimos sin descanso hasta que el viento
amainó y la gravedad hizo su trabajo, caía sin remedio hacia el abismo y cuando estaba a
punto de chocar contra el suelo, abrí los ojos sobresaltada, fuera seguía nevando.

¿Obsesión?, no me cabe la menor duda, es lo menos que te puede pasar cuando estás en
un apartado rincón del mundo y llevas tres días sin bailar.
Ensueños
Ilustración: Cristina Vadillo
Inmaculada Garrido
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