Una fuerza irresistible desbarató las parejas, proyectando a los bailarines hacia el exterior de la pista, y en
un abrir y cerrar de ojos, quedó un amplio círculo de cuerpos desordenados y confundidos, marionetas de
trapo tiradas por los suelos.

Hubo muchas contusiones, pero sobre todo había miradas atónitas entrecruzándose sin comprender. Según
se iban reponiendo y recomponiendo de la caída, dirigían su atención hacia la pista. Sólo una pareja quedaba en
el centro, girando cual peonza enloquecida, haciendo vibrar el aire como lo habría hecho un par de alas
gigantes.

Su ritmo aumentó a tal velocidad, que los pies, a modo de berbiquí, comenzaron a perforar el suelo y sin dar
tiempo a advertirlo, María y el guapo desconocido desaparecieron bajo el entarimado, dejando estupefactos
a los magullados presentes.

La fuerza centrífuga había sido tan intensa, que todavía se notaba su efecto cuando se arremolinaron
expectantes alrededor del agujero. Aunque un impulso irreprimible les hizo acercarse, al ver que sólo había
un pequeño espacio vacío y negro, retrocedieron en sigilosa danza, con mayor espanto, si cabe, que el que ya
habían experimentado.

Comentarios y elucubraciones densificaban el aire buscando una explicación a lo sucedido. Por más que
divagaron sobre la cuestión, no consiguieron averiguar la causa de tan extraño incidente y posteriores
investigaciones oficiales tampoco llegaron a ninguna conclusión verosímil.

Desde el desventurado suceso, cada noche se podía ver la milonga atestada de gente que llegaba de todas las
esquinas de la ciudad y a veces incluso de otras ciudades. Les llevaba allí la curiosidad, no se sabe si malsana
o bien sana. Las conversaciones siempre se centraban en la malograda pareja, en lo que fue aquella noche y en
lo que pudo haber sido.

Esta gran afluencia de personal provocó un auge en el local, que empezó a abrir todas las noches. Pero no por
eso se bailaba más. La gente estaba temerosa y desconfiada, a la expectativa de que se repitiera la historia.
Apenas nadie se atrevía a bailar y quien osaba milonguear se quedaba en el mismito borde de la pista.

El temor no estaba limitado al local en cuestión, sino que se apoderó de los milongueros, así es que actuaban
de igual modo en cada milonga a la que iban. Bailaban únicamente los que conseguían armarse de valor y por
supuesto ni se les ocurría acercarse al centro. También estaban los que habían conocido la historia sólo de
oídas y se podían permitir el lujo de no creérsela, o eso decían, pero la realidad es que tampoco ellos se
aventuraban dentro de los márgenes que se habían empezado a marcar.

Aunque con el tiempo el ambiente se fue relajando y algunos volvieron a bailar sin preocupación, aún ahora,
sólo los desmemoriados y los neófitos que nunca oyeron hablar de María y su apuesto bailarín, a nada temen y
se lanzan a las pista sin tomar precauciones con el centro traicionero.

Algunos dirán que son cuentos de vieja, pero yo, que desde pequeño he creído en los cuentos, siempre bailo en
mi orillita.
La orillita
Ilustración:
Cristina Vadillo
Inmaculada Garrido
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