Paseaba. La mirada distraída. Cada vez veía menos, la oscuridad aumentaba a velocidad de
vértigo, tanto, que de un instante para otro dejó de ver, se quedó ciega.
Iba sola, no tenía en quien apoyarse y tampoco lo buscó. No parecía importarle. Siguió
caminando, no necesitaba nada para recorrer a ciegas aquella ciudad eterna que tenía grabada
en su mente.
Cuando fue consciente de la música, hacía rato que iba en aquella dirección. Sus pies tuvieron
el oído más fino que ella. Aunque era casi imperceptible, ya algunas notas se habían delatado,
escapaban inconfundiblemente de un tango.
Ahora sí, con todos los sentidos se dejó guiar, arrastrar hacia aquel punto sonoro. No era una
música lejana, sino profunda, llegaba del fondo de alguna parte y presentía que tras su
ascenso, iba a levantar en un revuelo sus faldas.
Atravesó el umbral de una puerta, tanteó y tocó pared a ambos lados. Avanzó unos pasos
deslizando su mano por aquella rugosidad hasta encontrarse con unos escalones. Tras bajar un
tramo empezó a sentir un dulce mareo. Hacía mucho tiempo que no pisaba una escalera de
caracol. La música subía en torbellino hacia su pecho. La sentía brillante, de colores cada vez
más vivos.
Ansiaba llegar al final y a la vez deseaba que ese instante, en aquel recodo mágico, fuera
interminable. Todo su cuerpo vibraba inmerso en una espiral de sonido envolvente. Despacio,
muy despacio, terminó de bajar. Ante ella había un gran salón. Mezclado con la música podía oír
quedos murmullos y sutiles entrechoques de cristales. Demasiado sutiles, demasiado quedos.
Prestó mayor atención. Lo que no se oía era un roce en el suelo, un caminar cadencioso.
Silencio en el piso. Nada.
Volvió a los murmullos y tintineos y un escalofrío recorrió su cuerpo. Aspiró un ambiente
lúgubre, las voces eran entrecortadas, las palabras pesarosas. Con cautela y con la alegría
derrumbándose a sus pies, recorrió la sala. Aún siendo voces tenues, pudo entresacar algunos
retazos de conversación, “... ya no...”, “... creo que nunca más...”, “... condenados sin bailar...”, “...
no recuerdo la última vez...”, “... si pudiéramos sólo una...”, “... ¿Volveremos a... ”.
Estaba segura de que se trataba de grupos diferentes y sin embargo parecía una única
conversación. Una misma angustia expresada en voz alta.
La música seguía sonando, volvió a sentirla en cada una de sus células. Tuvo el impulso de
lanzarse en una caminada, pero su movimiento se quedó en un ademán apenas perceptible,
mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y su mente dibujaba finas líneas en el polvo de la
pista.
Esquivando miradas frías, un hombre se le acercó, le tendió una mano cálida, se fundieron en
un abrazo, y rompiendo todos los maleficios, bailaron.
Ilustración: Cristina Vadillo