Victoria ha empezado a bailar hace unos meses. Sus amigos de toda la vida no tienen demasiado
interés en el tango, pero algún día han ido a verla, por darle gusto y por matar la poca curiosidad
que pudieran tener.

Más que la elegancia de movimientos, la dificultad de los pasos o el laberinto de la distribución
del espacio para cada pareja, a sus amigos y en particular a Juan, les preocupa la cercanía de los
cuerpos. ¿Cómo podéis bailar tan pegados?, ¿Cómo es posible que no se tropiecen vuestros pies?,
¿Y no os produce turbación la cercanía del cuerpo del otro?. Este tipo de preguntas le hacía
Juan a Victoria después de estar por primera vez en una milonga.

Victoria, como buena principiante, aún tiene momentos en los que el dominio de sus piernas le
sobrepasa y los tropiezos con el compañero son inevitables, sin embargo, lo que tiene clarísimo
es que no siente turbación alguna. Ella es una estudiante obediente y aplicada  que absorbe los
conocimientos que le trasmiten y los pone en práctica al pie de la letra, de manera que apoyar
su pecho en el de su compañero es una regla más del juego, como caminar hacia atrás con pasos
largos o mantener el equilibrio sin dejar caer su peso en el otro.

Una vez tomada la postura, ni le ocupa ni le preocupa, ya sólo está pendiente de sus pies y de
alcanzar la perfección, lo demás lo calificaría como un contacto aséptico; en algo se tienen que
notar aquellas terapias de grupo donde trabajaba con el cuerpo. Se alegra de no ser como
algunas de sus compañeras de clase, tan remilgadas que parecen del mismo polo magnético que
su pareja de baile, ser como ellas sería un impedimento para su aprendizaje. Victoria considera
a su pareja de turno, una mera herramienta de trabajo, un apoyo para su propia evolución.

¡Pobre Victoria!. Ella no lo sabe, pero se está perdiendo lo más bonito de la fiesta. Si se parara
un momento quizá se daría cuenta. Entonces le sobrevendría el conflicto, la lucha interna entre
dejarse llevar y seguir esforzándose en el camino de la perfección. Y dejándose llevar, tendría
un momento mágico en el que dejaría de bailar con los pies para bailar con todo su cuerpo.

En este nuevo camino empezaría a ver ráfagas de complicidad. Dejaría de ser un cuerpo
esforzándose para empezar a ser una parte de dos almas viviendo una misma emoción. Lo
disfrutaría y creería haber llegado a la plenitud y estaría casi en lo cierto, pues aún podría
aumentar su gozo.

Más allá de la complicidad, la emoción, la sensualidad implícita y explícita, con un poquito de
suerte, llegaría a sentir al hombre que hay en cada milonguero y cada vivencia de tres minutos
sería una experiencia irrepetible de entrega y amor al tango, y al hombre.

Pero sólo, si se para un momento.
Suerte para Victoria
Inmaculada Garrido
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Ilustración: Cristina Vadillo